11 de septiembre de 2008



The Thin Man Series
Dirigida por W. S. Van Dyke, Richard Thorpe y Edward Buzzell






Desde que me enganché al cine, hace mucho, mucho tiempo, en una lejana galaxia de los años 70, siempre me ha sorprendido la reticencia de la gente a volver a los clásicos – y no tan clásicos – del cine, tanto de EEUU como del resto del mundo, realizados con anterioridad a la década del `60. Si ya es difícil lograr que el público se siente a ver Ben Hur, por ejemplo, sin que sufran ataques de pánico por lo extenso del metraje o por el hecho de que sea una “película de romanos”, es prácticamente tarea imposible convencerle para que se arriesgue con cualquier cosa que carezca de color. Me refiero específicamente a aquel glorioso periodo del cine cuando el blanco y negro reinaba. Los años comprendidos entre el nacimiento del medio y los primeros años ´50, fueron unos dominados por el monocromático fulgor de las sombras y las luces, apenas desafiados por los experimentos del tintado de fotogramas y la presencia del Technicolor.

Una época que dio paso a una serie de portentosos artesanos de la imagen que cimentaron muchos (cuando no todos) de los actuales preceptos estéticos de los que se nutre nuestro cine de cada día. Es una verdadera lástima, por tanto, que en la actualidad la persona promedio que gusta minimamente del cine parezca rehuir del blanco y negro, por lo menos aquel de tiempos pasados, como si fuera la plaga y no haga un esfuerzo por acercarse al inmenso legado del cine de aquellos años. Sólo un cada vez más reducido grupo de enterados y nostálgicos es el que se detiene a disfrutar con la multitud de obras - indispensables unas, entrañables otras – que constituyen la herencia visual y el reflejo humano y social de unas épocas pasadas. Por muy romantizado (o distorsionado) que nos pueda parecer ese reflejo con respecto a nuestras postmodernas sensibilidades, ignorar el cine en blanco y negro es un error demasiado grosero en sus fatuas excusas.

Insisto, es una condenada vergüenza. Sí, el cine en blanco y negro es, salvo algunas excepciones en obras contemporáneas, el sello definitivo de épocas pasadas, de estilos de vida, posturas políticas y concepciones morales obsoletas para muchos. Pero también constituye, como poco, el más útil de los artefactos históricos que puedan existir para ayudarnos a comprender aquellos tiempos que no vivimos. Sin duda, todo cine con un poco de años sobre el cuerpo, constituye un artefacto histórico y como tal su valor es doble. No sólo puede ser un divertimento, con mayor o menor grado de valor estético, también es una oportunidad única – y afortunadamente repetible, gracias al dvd – de hacer un poco de arqueología sociológica. De acercarnos un espejo a la cara y ver cuan distintos – y cuan parecidos – somos a lo que, como seres humanos, como sociedad, alguna vez fuimos.

Muchas veces el disfrutar de una película antigua se convierte en un juego de reconocimientos: modas, tecnologías y usos sociales que nos son ahora extraños, cobran de nuevo vida y nos permiten entendernos mejor de donde venimos y, con algo de suerte, hacia donde vamos. Rostros que conocimos sólo en el crepúsculo de sus vidas, se nos vuelven lozanos, llenos de vida y promesas. Es un ejercicio de connotancias tan regocijantes como altamente emocionales. No todo tiempo pasado fue mejor, pero sí puede llegar a ser tremendamente fascinante en sus detalles. Este último punto es uno de los que hace tan satisfactorio, para mí, el sumergirme en una película antigua, clásica o no, recordada y admirada como simplemente olvidada. Y es lo que hace de la serie de films sobre The Thin Man algo especialmente sabroso de experimentar gracias al amplio período de tiempo que ocuparon sus sucesivas entregas. La serie está compuesta por 6 films, con el siguiente orden: The Thin Man (1934), After The Thin Man (1936), Another Thin Man (1939), Shadow Of The Thin Man (1941), The Thin Man Goes Home (1944) y Song Of The Thin Man (1947).

Las primeras cuatro entregas fueron obra del brillante artesano W. S. Van Dyke y, luego de la trágica muerte de éste, las dos entregas restantes fueron firmadas por Richard Thorpe y Edward Buzzell respectivamente. El juicio general es que las primeras 3 entregas son lo mejor de la serie, mientras que las 3 últimas fueron perdiendo brillo progresivamente. Es cierto que el nivel de calidad fue algo irregular a partir de la 3º película, pero no debe desanimar esta percepción crítica a quien quiera revisar la saga completa. En realidad, todos los films que componen la serie son unos divertimentos extremadamente deliciosos.

Para el espectador moderno, las películas representan una muestra característica del cine de los años ´30, claramente abocado a una función de elemento escapista en unos tiempos casi desesperados. También permite vislumbrar a posteriores estrellas y reconocidos actores de carácter hacer sus primeras incursiones en la pantalla. Así, podemos ver a lo largo de la saga rostros inmediatamente reconocibles - James Stewart y Donna Reed (años más tarde pareja inmortal en el clásico de Capra It`s A Wondeful Life), Cesar Romero (el Joker del Batman televisivo de los sesenta), Mauren O`Sullivan (la Jane original en la saga de Tarzan de Johnny Weissmuller), Gloria Graham (gran dama del cine durante los ´50, famosa por su papel de vampiresa con el rostro quemado en The Big Heat de Fritz Lang) Keenan Wynn (obicuo actor de carácter durante los ´50 y ´60) y Dean Stockwell (Dr. Yueh en Dune de David Lynch, actualmente en Battlestar Galactica) - junto a otros menos conocidos, pero igualmente interesantes - Barry Nelson (por si no lo sabían, Connery no fue el primer actor que interpretó a James Bond, fue Nelson para la televisión; también era el gerente del hotel Overlook en The Shinning) o Stella Adler (una leyenda de la escuela teatral norteamericana, primera profesora de Marlon Brando), entre muchos otros rostros conocidos de la época. Incluso Shemp Howard, de Los Tres Chiflados, tiene un papelito (poco más que un cameo) por ahí.

The Thin Man era originalmente una novela detectivesca de Dashiell Hammet (supuestamente estaba basada en su propia relación con la autora teatral Lillian Hellman) y si bien el título del film se hizo tan famoso que paso a ser sinónimo de toda la serie, la verdad es que The Thin Man (el hombre delgado) hace referencia a la victima de asesinato que daba pie al misterio y no al protagonista de la historia, el detective Nick Charles. Nick Charles es un detective retirado y felizmente casado con Nora, una heredera de alta alcurnia. Originalmente no tienen hijos (aunque eso cambiaría con las secuelas), con sólo un perro fox terrier llamado Asta que les acompaña en sus aventuras y viajes (desde el primer momento el reclamo publicitario de Asta haría mella en el público con la demanda de esta raza de perro disparándose luego del estreno de la película). La relación entre Nick y Nora Charles es de una juguetona complicidad. Los antecedentes barriobajeros de Nick – plenos de borracheras, amiguetes de baja estofa, amoríos pasajeros y situaciones turbias o de complicada explicación – chocan de frente con el exquisito y sofisticado mundo de Nora, pero, precisamente, es el contraste de sus respectivos orígenes lo que fascina a ambos y mantiene el equilibrio de su relación.

La privilegiada posición económica de Nora es fuente de constantes bromas por parte de Nick, quien no pierde ocasión para poner en entredicho su propia presencia como cabeza de familia (Nora: Aceptaras el caso? Nick: no tengo tiempo, estoy muy ocupado cuidando que no desperdicies los millones por los que me casé contigo). Nora, por su parte, cuida con ojo avizor que Nick no beba más de la cuenta (es impresionante la manera en que bebe este hombre, por lo menos en las 3 primeras entregas) y que se comporte civilizadamente en sus relaciones con la alta sociedad de New York (y con sus intolerantes familiares políticos). Pero eso es una pura fachada conservadora. Lo que realmente le encanta a Nora es ver la reacción de Nick cuando se encuentra con sus antiguas, y ahora incómodas, amistades (una constante fuente de humor durante toda la serie) y, sobre todo, lo que más alegra su día es ver a su marido embarcarse en nuevos desafíos detectivescos – en los que Nick siempre termina involucrándose muy a su pesar – y ser una parte activa de los misterios a resolver. Nora es una mujer atípica para la época, parte de la nueva horneada de heroínas que tomaría por asalto la pantalla en aquellos años (especialmente en las películas de Howard Hawks). Mujeres que sin renunciar ni un ápice de su feminidad, pueden ponerse codo a codo con los hombres, tanto en lo físico como en lo intelectual. No importa que Nick la embauque de tanto en tanto, para alejarla del peligro (otra constante de la serie). Cuando la situación lo hace necesario, Nora siempre está ahí para aportar su sentido común y, por lo menos una vez por aventura, arrojarse de bruces al peligro para defender a su hombre.

Las películas siguen una formula más o menos rígida, pero casi siempre efectiva, desarrollada a partir del modélico guión de la película original (obra de Albert Hackett y Frances Goodrich, quienes también realizarían los guiones de las dos siguientes entregas). La historia comienza con Nick y Nora en una situación familiar – en un restaurante, un viaje por tren, un desayuno casero – aunque ya sabemos que algo interrumpirá su tranquilidad. Una misteriosa muerte sucede y Nick es arrastrado a la investigación, siempre con fingida reticencia. La investigación continua a saltos entre las pesquisas policiales y las peripecias detectivescas de Nick. Paulatinamente, se nos muestran los personajes periféricos y las posibles motivaciones para que hayan cometido el crimen (como es de esperar, abundan aquí los equívocos y las falsas pistas). La trama se enreda y más asesinatos se producen. Nick se pasea entre los sospechosos y los lugares de los crímenes con liviana soltura, aunque su engañosa fachada de playboy siempre al borde de la ebriedad esconde a un inspirado y sagaz sabueso. La multitud de pistas – o la carencia de ellas, dependiendo de que película de la saga estemos viendo – parecen no llevar a ninguna parte, pero Nick (siempre apoyado por Nora) tiene la resolución del caso en la manga. Finalmente, ordena que todos los sospechosos sean reunidos en un interrogatorio general. Allí, mediante preguntas capciosas y medias verdades, Nick va separando a los inocentes de los potenciales asesinos y, por fin, en un golpe de maestra sagacidad, da con el culpable. El misterio ha sido resuelto, el alivio es general.

Es sorprendente las muchas millas que pueda dar esta formula, a pesar de la rigidez de su estructura. Y es que los distintos guionistas supieron aprovechar al máximo el humor para solventar los momentos más áridos de los misterios. Los guionistas tenían claro que la investigación del crimen era un aspecto secundario, completamente supeditado al espectáculo de ver a Nick y Nora hacer de las suyas. La saga posee también un plus de enganche debido a que guarda una cronología de película en película. Por lo general, esta cronología se respeta aunque el factor temporal es algo menos cuidado. Por ejemplo, al final de la segunda entrega, los Charles parten de viaje en tren y nos enteramos que Nora está embarazada; cuando comienza la tercera entrega, Nick y Nora están bajando de un tren...y el bebe ya está con ellos ¿Es el mism tren? Estuvieron viajando nueve meses? Por supuesto, este tipo deslices es cosa normal en el cine, sobre todo en el de ayer, y es ridículo pedirle rigurosidad a una comedia tan liviana como la saga The Thin Man.

Con todo, la presencia del retoño de los Charles es asumida – le vemos crecer a lo largo de las secuelas – así como conocemos a la familia de Nora y posteriormente a la de Nick, pero nunca – y esto es importante – vemos que la dinámica de pareja de los protagonistas se vea afectada por estas presencias. Es de agradecer que las películas no naufraguen en las mareas de los productos familiares. Los personajes son completamente fieles a sus caracteres de principio a fin de la saga y el humor derivado de sus interacciones, entre ellos y quienes les rodean, se mantiene incólume.





El resultado es una serie de fantásticas películas, livianas y chispeantes como las burbujas del champágne, de un humor delicioso y elegante, que resultaron ser vehículos perfectos para la consolidación de las personalidades cinematográficas de William Powell y Mirna Loy, sus protagonistas. Con anterioridad a The Thin Man, S. W. Van Dyke había dirigido un proyecto para MGM titulado Manhattan Melodrama. En esta película por primera vez hacían pareja William Powell (Nick) y Mirna Loy (Nora). Van Dyke inmediatamente vio las chispas que la pareja desprendía en la pantalla y aprovechando el éxito de Manhattan Melodrama, solicitó a MGM que juntara a ambos en The Thin Man. Juntos llegarían a participar en 14 producciones y sus carreras en solitario dejarían unos capítulos absolutamente inolvidables del cine.

Powell había iniciado su carrera en el teatro y luego había pasado al incipiente mundo del cine de los años 20. Durante los años del cine silente se especializó en roles de villano y no fue hasta la llegada del sonoro que tuvo las primeras oportunidades para destacar más allá de su encasillamiento. Curiosamente, su gran oportunidad estuvo en las adaptaciones a la pantalla de otro detective literario, Philo Vance (en el film The Canary Murder Case). A partir de este éxito primario, Powell fue subiendo hasta llegar a ocupar un papel importante en el firmamento del Hollywood de la época y ahí se mantuvo por décadas. Powell sería protagonista junto a Carol Lombard – una actriz mítica de la comedia cinematográfica, tristemente fallecida en la flor de su carrera – en My Man Godfrey, tal vez la comedia más representativa de aquellos años, una película absolutamente notable e indispensable. La carrera de Powell conocería altibajos debido a su salud – un cancer paró su actividad durante algunos años – y la tragedia personal – la muerte de su prometida (Jean Harlow, otro nombre fundamental de los años `30 segado antes de tiempo) le dejó sumido en una comprensible amargura – pero fue continua y su presencia siempre era bienvenida por el espectador. A mediados de los `50, se despediría del cine con una interpretación excelente, como el sensible y humano doctor naval en el clásico de John Ford, Mr. Roberts.

El caso de Mirna Loy es muy similar. También iniciada en el cine silente, sus primeros años de carrera se los pasó encasillada en papeles de vampiresa, chica exótica o corista en musicales. A partir del binomio compuesto por Manhattan Melodrama y The Thin Man su carrera profesional despegaría enormemente llegando a ser una de las actrices más representativas de la America de los ´30. Mujer de exquisita elegancia, inolvidable presencia e imposible hermosura, Mirna Loy es un rostro difícil de olvidar y sus trabajos en aquellos años están entre los más conseguidos y recordados del firmamento actoral femenino del Hollywood clásico. Extremadamente consciente de la amenaza nazi, Loy dejó su carrera prácticamente de lado a partir de 1941, para apoyar al esfuerzo militar en un sin fin de actividades junto a la Cruz Roja. Con el fin de la guerra, retomaría su carrera de forma mucha más esporádica, aunque no menos exitosa, hasta que se sumió en un semi retiro a partir de los años ´60 (del que saldría en los `70 para incursionar en el teatro). Sin embargo, es imposible no hacer mención de su film más recordado (y del que ella se sentía especialmente orgullosa), The Best Years Of Our Lives. Filmada en 1946 por William Wyler, la producción de MGM ganó el oscar a la mejor película del año por su sincero retrato de los problemas de adaptación a la vida civil de los veteranos de guerra y es, sin lugar a dudas, no solo uno de los grandes logros de Loy como actriz o de Wyler como director, sino también una de las películas más importantes de la década.



La hermosura imposible de una mujer mítica
Musa de mis años de infancia (a mucha honra)


Con dos intérpretes tan carismáticos e inmediatamente queribles es innecesario preguntarse cuál es el imperecedero atractivo de este puñado de amables thrillers, narrados en clave de comedia ligera. Powell y Loy juntos son dinámita. La casi mágica química que existía entre ellos daba paso a interpretaciones de una apabullante naturalidad. Es difícil describirlo, hay que verlo para creerlo. Su relación en la pantalla es tan genuina, tan falta de falsas afectaciones, que por mucho tiempo la gente creyó que Powell y Loy eran pareja en la vida real. Nick y Nora son pura magia cinematográfica, en el mejor sentido de la frase. El éxito y el encanto de The Thin Man y sus secuelas están del todo bendecidos por la calidez de sus personajes protagonistas (y por extensión, la de los actores que los interpretan). Más que la atracción de los misterios a resolver – que son adecuadamente alambicados y resultones, pero en última instancia, meras excusas argumentales en beneficio de la comedia – el público volcó su favor hacia la serie basado casi exclusivamente en el chispeante aire bon vibant de Nick y Nora. En una sociedad desgarrada primero por los efectos de la depresión y luego por los más trágicos avatares de la Segunda Guerra Mundial, las aventuras de los Charles eran una bocanada de aire fresco. Unas aventuras llenas de sofisticación, lujo y gente hermosa en unos tiempos decididamente difíciles.

La gente no se cansaba de ver a la pareja resolviendo casos, hacerse pullas mutuamente y maniobrar con su particular buen humor entre el variopinto cuadro humano en el que se enmarcaban sus deliciosas aventuras. A ojos de cínico, pura fantasía escapista. ¿Y qué? ¿En unos tiempos tan amargos, qué otra cosa le podía pedir al cine un ciudadano de a pie con los bolsillos vacios y la perspectiva de una guerra en el horizonte? MGM vio la veta y aprovechó la ocasión para profitar abundantemente del manantial, pero nada habría sido posible sin los actores que los interpretaban ni el cariño de la gente por los personajes, que ha logrado mantenerlos vivos en el recuerdo. Como todo gran cine, por liviano o trascendental que sea, es lo humano lo que nos llama.

El público vino por el misterio, pero se quedó por Nick y Nora.


4 de septiembre de 2008



Hellboy: The Golden Army
Dirigida por Guillermo Del Toro





A estas alturas del año cinematográfico, una cosa podemos decir con seguridad: The Dark Knight es un acto difícil de superar. El panorama de los superhéroes en la pantalla grande ha cambiado definitivamente – y para mejor quiero pensar – con el film de Christopher Nolan. Las futuras adaptaciones del género necesariamente tendrán que esforzarse más para no pecar de liviandad, mantener el nivel de entretención, sin comprometer la esencia de sus personajes, y presentar una propuesta sólida si quieren evitar caer en el escarnio general del fandom comiquero y de los cinéfilos enterados. El fan del comic que asiste a una sala de cine para ver a sus héroes en movimiento, se ha vuelto refinado y exigente, ya no se conforma con buenos efectos especiales y mucha acción. Sin duda, un panorama complicado para quienes se arriesguen a seguir la senda del género en los próximos años. Es una suerte, entonces, que Del Toro estrene su nueva entrega de Hellboy a la saga del Dark Knight. La mínima distancia, temporal y temática, que las separa libra al nuevo film de Del Toro de las comparaciones odiosas y le permite ser apreciada sin prejuicios. Es imposible pedirle a esta película pretender ser lo que no es ni entregar lo que no tiene. En cambio, es de todo punto gratificante ver una obra tan absolutamente feliz de simplemente ser, sin ningún tipo de complejos. Hellboy y Del Toro, parecen decirnos desde la pantalla: Aquí estamos, tal vez no seamos quienes volvamos a redefinir el género, tal vez estemos un poco locos y seamos raros, pero es lo que somos. Hala, a disfrutar.

Además, Del Toro es un cineasta con suficiente halo de autor como para diferenciar sus películas como definitivamente suyas, sin importar el género en que se mueva. Es importante recalcar que Hellboy: The Golden Army es primero una obra de Guillermo Del Toro antes que la simple adaptación de un comic. Para quienes hayan seguido la carrera de este mexicano, las implicancias de esto son obvias y bienvenidas. Si bien, en el proceso de llevar a Hellboy de la página impresa a la pantalla, hemos terminado disfrutando con la lectura personal que Del Toro hace del personaje antes que viendo una adaptación fiel del universo de Mike Mignola, su creador, sería ridículo quejarse de ello a esta altura. Si el mismo Mignola está satisfecho del trabajo de Del Toro, quienes somos nosotros para quejarnos. Cierto, sería estupendo ver algunas de las aventuras impresas del personaje saltar a la pantalla de forma más literal, pero los dos filmes que Del toro ha construido hasta ahora no son pobres sustitutos de las obras de Mignola, ni mucho menos.

Las aventuras de Hellboy continúan en esta secuela con algunos ligeros ajustes con respecto al original. Para empezar, ahora vive una relación con Liz Sherman, aunque la vida de pareja es complicada para ambos. El agente John Myers ha desaparecido del grupo y con él, la perspectiva del recién llegado a un mundo extraño. Del Toro, mucho más cómodo ahora en su libertad creativa, centro el foco de atención en Hellboy y sus compañeros. Si el primer film usaba a Myers como los ojos del público, maravillado ante cada nueva rareza que le salía al camino, aquí la rareza es el pan de cada día y lo más normal del mundo. El punto de vista está completamente inmerso en el mundo oculto de Hellboy, sus aventuras y la fricción que su encuentro con el mundo normal produce en su vida. La película ciertamente se beneficia de este cambio en el punto de vista. La primera película trataba sobre aprender a aceptarse como uno es. Al final de la anterior ventura Hellboy, Liz y Abe aprender a aceptarse como freaks. Nunca serán normales, pero no hay nada de malo en eso. Aqui el mensaje es sacarle todo el partido a lo que eres.

El día a día de las operaciones del B.P.R.D. – la agencia de estudios paranormales de la que Hellboy y Liz son la punta de lanza junto al híbrido anfibio Abe Sapien – sigue siendo la excusa para generar el ímpetu narrativo del film. Así, luego de un prólogo que nos pone al tanto de los orígenes de la amenaza que nuestros héroes tendrán que enfrentar (filmado en un maravilloso stop motion), la película no pierde tiempo en poner sus cartas sobre la mesa. El principe elfo Nuada, de regreso de un milenario exilio, busca venganza por la destrucción del reino de su padre – los primigenios bosques de la tierra – y la humillación de tener que agacharse ante el avance destructor de los hombres. Para concretar su objetivo, busca reunir los trozos de la corona que comanda el Ejercito Dorado, una masiva fuerza de indestructibles guerreros mecanizados con los que planea arrasar a la humanidad. Tras asaltar una subasta de artículos históricos y asesinar a su propio padre para conseguir las dos primeras piezas, Nuada concentra sus esfuerzos en recuperar el último trozo de la corona, en manos de su hermana gemela, Nuala. Por supuesto, Hellboy y compañia evitarán por todos los medios que Nuada complete su venganza, aunque esto signifique un terrible sacrificio para Abe.

Como podemos ver, estamos en terreno conocido. El salto desde las artes ocultas de Rasputin y las posibles consecuencias de la presencia de Hellboy en la tierra, que ocupaban la trama del primer film, a la exploración de los mundos míticos del folklore universal, es uno que resulta orgánico al universo de Hellboy, en concordancia con sus aventuras en la página impresa. La película aprovecha la rica fuente de inspiración para sacarse de la manga algunas secuencias impresionantemente imaginativas – la visita al mercado troll y el portal viviente que da acceso al submundo que oculta al Ejercito Dorado son, sin duda, las más memorables – así como una miríada de figurantes, tan maravillosos como fugaces, que pululan este universo, hermosos enigmas que la película deja en el misterio (el diseño del “hombre cabeza de catedral” es algo especialmente inspirado). Guillermo Del Toro es un visualista nato, dotado de una capacidad imaginativa y un cariño tan sincero por lo extraño que sus films, más allá de simplemente entretener, deslumbran y fascinan por sus inventivas imágenes. Su capacidad de destilar múltiples conceptos e ideas y aplicarlos al diseño visual de sus obras, es realmente admirable. También es de agradecer la filosofía creativa, aplicada por Del Toro en este film, a la hora de confiar en los medios tradicionales para crear la multitud de efectos especiales que dan vida a las criaturas y escenarios. Las texturas así conseguidas hacen mucho más real y palpable su personal visión del universo de Hellboy de las que podría conseguir mediante una conseguida, pero fría avalancha de CGI.

En su breve filmografía, este director ha hecho gala de una serie de particularidades que personalizan sus películas y las convierten en obras de reconocido aliento autoral. Estas características de su cine – que van desde los aspectos visuales hasta la construcción de personajes y puntos temáticos - están debidamente integradas en The Golden Army, una obra que se nos presenta como totalmente afín a su universo creativo, una coherencia que ni la sensibilidad comercial de un proyecto de este tipo logra enturbiar. La implícita belleza de la orfebrería, de los mecanismos hechos a mano, por ejemplo, es algo que obsesiona a Del Toro desde Cronos, su primera obra. Aqui no pueden ser más patentes que en la secuencia final con los inmensos engranajes donde se enfrentan Hellboy y Nuada o el complicado diseño del ejercito mecánico. La misma ambigüedad de Nuada como villano – un ser trágico, por el que no podemos evitar sentir lástima – es también un elemento que Del Toro ha elaborado en otros films. Las relaciones familiares y de amistad que presentan sus historias, siempre están dañadas por los errores y pecados del pasado (el abuelo y su nieta en Cronos; Nomak, el vampiro mutante, y su hermana en Blade II, la propia relación de Hellboy con Trevor Bruttenholm, su padre adoptivo). No extraña, entonces, que la relación de Nuada con su padre y su hermana, sea una que está llamada a resolverse mediante opciones trágicas que lo dimensionan más allá de sus fines aparentemente egoistas. De hecho, la capacidad de este director para humanizar las criaturas que pueblan sus films es una de las grandes bazas del éxito de sus películas, los que las hace tan inmediatas para el espectador. Sus personajes nunca son meros ejercicios de maquillaje y resultones efectos especiales. El cariño del creador con sus criaturas es evidente en las específicas idiosincrasias con que están construidos sus héroes y villanos

Dado lo reciente de su anterior y premiado film, El Laberinto del Fauno, es imposible no ver la exploración de los temas folklóricos y míticos como la evolución natural desde aquel film, donde estos temas cobraban capital importancia. Allí donde los mundos míticos y reales caminaban sendas paralelas en El Laberinto Del Fauno, sólo para encontrarse sobre el final, aquí están constantemente en conflicto, luchando por ocupar uno el espacio del otro. Temáticamente, esta aventura de Hellboy es, claro está, más amable, más liviana en su tono que su trágica antecesora, pero esto no quiere decir que navegue exclusivamente por la liviandad. El humor es un aspecto mucho más presente en la narración – la rivalidad entre Hellboy y la rígida disciplina germana de Johan Krauss, el nuevo miembro del grupo, o la entrañablemente ridícula secuencia entre Hellboy, Sapien y un cd de Barry Manilow son dos ejemplos de esto – a tal punto que puede parecer, en ciertos momentos, que atenta un poco contra la seriedad de toda la propuesta. Sin embargo, por cada momento liviano Del Toro nos presenta otro cargado de solemnidad que salva al film de perder el equilibrio. La hermosa secuencia en stop motion que abre el film, la batalla de Hellboy contra el Elemental de la tierra, cuya muerte da vida (en el que es, tal vez, el momento más significativo de todo el film), la decisión de Liz ante el Angel de la Muerte (Del Toro da aquí algunas pistas sobre el futuro de la franquicia) o las palabras finales de Nuada a Hellboy son todos momentos extremadamente conseguidos. Del Toro se guarda bien de dejar las cosas convenientemente abiertas para una tercera parte que, a vista de la sorprendente conclusión de esta aventura, puede dirigirse a territorios del todo inesperados.

Cuando la película funciona, lo hace de maravilla. Cuando tropieza, no lo hace por falta de ideas o ganas, si no por el chirriar que producen el choque de sus elementos más livianos con los momentos sentidos de la narración. Por tanto, Hellboy: The Golden Army es una película muy conseguida y filmada con un notable sentido de lo estético, pero su desafortunada irregularidad tonal bien podría hacer perder la complicidad de algún espectador poco paciente con sus abundantes momentos de infantil humor. Si no fuera por que, aun con esta imperfección, la película nunca pierde, en lo más mínimo, la capacidad para impresionar con sus imágenes o entretener a la platea de forma inteligente, casi podría dudarse de la propuesta de Del Toro. Por suerte, no es el caso. Es indudable que el director se lo pasó de maravilla creando este film, hecho a la medida de su fértil imaginación y con el fin de ser disfrutado con mente amplia y el corazón abierto. Tampoco es mucho pedir.

Tal vez no sea esta la película que supere las cotas creativas de su admirada antecesora, pero es una película maravillosamente honesta. Como pieza de entretenimiento, ciertamente es un triunfo. Esperemos que su respuesta comercial de paso a un tercer capítulo de esta saga y permita a Del toro explorar esos territorios a los que apunta en el final. Hellboy y el B.P.R.D. bien merecen el esfuerzo. Y siempre serán bien recibidos.